Anduve por los laberintos de pasajes del Gran Bazar Turco, que alberga casi 5.000 tiendas, además de talleres, telares, restaurantes, cafés y mezquitas.

Hay más de sesenta calles ordenadas por gremios (la calle de los músicos, la de los anticuarios, la de las alfombras). Entre los miles de productos atractivos hay alfombras y kilims, pañuelos y kaftanes de seda, joyas y artesanías. Disfruté las costumbres, tradiciones y aromas que hacen a la vida cotidiana. Al entrar a un nego­cio, como muestra de su hospitalidad, el vendedor ofrece un té muy caliente y dulce, servido en vasos de vidrio.

Los turcos son simpáticos y pícaros, y para comprarles es imprescindible aprender el arte del regateo, en el que ellos son expertos.
La Iglesia de Santa Sofía, uno de los monumentos del arte bizantino, tiene mosaicos de colores sobre ho­jas de oro. Enfrente, separada apenas por un hermoso jardín, la Mezquita Azul, o Mezquita del Sultán Ahmed, es la más linda de Estambul (conoce más sobre los hoteles en Estambul donde podrás hospedarte durante tu viaje), con sus cúpulas con azulejos de color azul vivo y la luz del sol que se filtra por los cristales de sus 260 ventanas.

Hice un paseo en barco por el Bósforo, fui a los baños turcos y vi a cada paso algo bello e inolvidable. Pero lo que más caló en mi alma fue un atardecer a orillas del mar de Mármara. A esa hora, la luz dorada se mezcla con el sonido trémulo del llamado a oración, ése que se parece al de mis raíces: un lamento, una esperanza, impregnan el cielo de Estambul.

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