Bizantina. Hoy museo, la antigua mezquita de Santa Sofía deslumbra en Estambul.

Soy del sur europeo. Mi pueblo es la Línea de la Concepción, en la provincia de Cádiz y mi vida tiene una banda sonora que bucea en mis raíces: la música flamenca, los cantes y los ritmos de ida y vuelta. No hay fronteras para la música y donde quiera que esté, indago en la mixtura de culturas que hermanan los sonidos que amo.

En mi paso por Estambul, Turquía, bailé ante un público ardiente y pasional y descubrí que estaba tan cerca del flamenco como no hubiera imaginado. Noté esa cercanía en el tarareo de los cantos, ese llanto que tiene el flamenco y se parece a los rezos que se escuchan por toda la ciudad. Tal vez sea porque el flamenco es un arte de mestizos y la cultura de Andalucía recibió el aporte de árabes, musulmanes, cristianos, judíos, gitanos.

Conocí una Estambul majestuosa, con mucha magia y misticismo, cimbreante como el estrecho de Bósforo que separa a Europa de Asia y divide en dos la ciudad. Está circundada por dos mares; a un lado se ve el mar de Mármara y, al otro, el mar Negro.

Me gusta callejear y caminé muchísimo. En la calle, siempre hay algún vendedor de simit, un pancito sabroso y crujiente, cubierto de sésamo, que se vende por centavos en cualquier lado y, si está calentito, es todavía más delicioso.

Etiquetas: , ,