Japón tiene muchísimas leyendas antiguas, algunas conocidas y otras menos conocidas (seguramente con el paso del tiempo se habrán perdido muchas de ellas pero aún se conservan una buena cantidad). De todas ellas una de las leyendas que más se conoce es la que explica el origen de la creación de Japón, también una de las leyendas más hermosas que hay. Si aún no la conoces te invitamos a que lo hagas.

La creación de Japón

La leyenda de la creación de Japón, o el origen de Japón, es una bonita historia que se les cuenta a los niños de pequeños para fomentarles la creatividad, imaginación e ilusión por algo mágico. Se cuenta que hace miles de años, muchos miles, todo era un caos. No había ni tierra ni cielo sino que todos estaban revueltos y las peleas estaban al orden del día, sin que ningún día fuera bueno.

Un día, los dioses Izanagui y su esposa Izanami decidieron dividir el cielo de la tierra en un intento por frenar las peleas y dar un poco de paz a ambos reinos. Así, ambos dioses bajaron por el puente celeste y dividieron los dos reinos. Sin embargo, Izanagui, con el objetivo de que todos recordaran que una vez cielo y tierra habían sido uno, y que las lágrimas de su esposa le habían hecho tomar esa decisión de dividirla, creó, mediante su lanza, sumergiéndola en el mar, las trescientas ochenta y siete islas que forman Japón y que vinieron a representar las lágrimas por la pérdida de esa unidad.

Sin embargo, la felicidad de la pareja no duró mucho porque cuando Izanami engendró al hijo de ambos, el dios del fuego, ella murió dejando solo a Izanagui. Éste, desconsolado, viajó hasta la tierra de los muertos para encontrarse con ella pero tal era su deseo, que cuando la tuvo delante y la abrazó, la desintegró por completo. Así, Izanagui se marchó para siempre a una isla solitaria para no herir a nadie y vivir el tiempo con su pena.

Se dice que Izanagui está en una de las islas, aún llorando por la pérdida de su esposa.

Los primeros habitantes de Japón

Sobre las primeras personas que poblaron las islas se cuenta que un día el Sol quiso crear unas personas superiores a los demás para esas islas y, con un rayo de sol, creó a una mujer, Amaterasu, la diosa de la luz. Le dio su divinidad y la nombró madre del nuevo pueblo.

Para que no se sintiera sola, le creó un séquito de dioses menores y todo en esas islas era prosperidad y bienestar. Todos estaban felices y vivían siendo fieles a la diosa pero uno de ello, Ono-Mikoto, sentía celos de la diosa y quiso enfurecerla matando a un ciervo pequeño del que la diosa estaba encariñada. Tanta pena sufrió la diosa que darse cuenta del dolor del mundo, de los sentimientos tan negativos que puede haber, le hizo huir del palacio y encerrarse en una cueva oscura donde nadie la encontrara.

Sin embargo, al pasar tiempo el mundo sin la presencia de Amaterasu, éste se envolvió en tinieblas y los dioses decidieron ir a buscarla con músicos para atraerla hasta que encontraron la cueva donde se ocultaba. Allí los dioses trataron de convencerla cosa que consiguieron hacer y volvió a reinar en las islas devolviendo el esplendor y felicidad. En cuanto a los que se rebelaron contra ella se les expulsó.

Como curiosidad, se dice que el nieto de Amaterasu, Jinmutenno, fue el primer mikado o Emperador. Sus símbolos eran un espejo, una espada, y una joya. Se dice que estos tres tesoros están en Japón, en un templo escondidos y que pasan de Mikado en Mikado pero ninguno jamás los ha visto, los tres envueltos en sedas.

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